La colonización de la subjetividad por el delirio racional marca una denominada forma en la que uno es y logra ser. Provoca una mutilación del flujo, un estancamiento, un miasma, un encarcelamiento en la objetividad de “realidades” dadas, producidas en la fábrica humana, para los humanos del humanismo. Aquellos relacionados con lo real desenergizan sus posibilidades de entretejer subjetividades, de devenires, de flujos e incluso de la más rica plusvalía artística.
Un acto social relacional construye intersubjetividades propias relacionadas con sujetos, con terrenos, ecosistemas en sí. Pero estos devenires o flujos pueden ser cortados, reestructurados y redireccionados por un sistema, por un grupo externo de disparidad vertical que subvierte las formas, simplificando lo construido, dejando un vacío, algo burdo e impropio, como aquella figura femenina catalizadora de la película Metrópolis (1927), que es reducida a una imagen sexual y vulgar.
Dónde más sino que en el propio rizoma transpantalla es que se da la propia escencia del cine, esos bloques interconectados que fluyen fuera de su plano para terminar de ser rellenados en la conexión misma con los espectadores. Al separar las conexiones generadoras de la propia vida, de ambas variables involucradas obtenemos cuerpos, cuerpos móviles que parecen vivos por sí mismos, que actúan como una consonancia, pero que realmente son solo zombies, coreografiando su performance dictaminada por un director que sólo concibe una realidad: aquella totalmente objetivada.
Así como el virus zombie de cualquier metraje, el cogito cartesiano se esparció rotundamente entre los seres socializados, esa estructura del socius quedó totalmente marcada por la división anteriormente mencionada entre mente y cuerpo, entre real y falso, entre objetivo y subjetivo (Deleuze & Guattari, 2023). Somos un cuerpo tan mutado en dual como la modernidad en sí misma lo quiso. Se le da el trono al humano de poder dictaminar que elementos de las imágenes componen, verdaderamente, el plano de lo cierto, descartamos ideas y subjetividades para quedarnos con solo ciertas tomas, capaces de componer los verdaderos imaginarios ¿Qué sucedería si componemos un plano verdaderamente variado? ¿Qué sucedería si rompemos lo dual para habitar el Jardín de las Delicias?
Descartes con su cláusula del cogito no provoca, cierra. El pensamiento, lo racional es puesto como esencia del sujeto, imponiendo varias ideas a la vez. Pienso para ser y donde no pienso no hay, no soy, no se es. Lo otro, lo fluido, lo indiscernible y etéreo, queda fuera de toda ecuación. Res cogitans, res extensa, lo pensante y lo pensado, sujeto y objeto. ¿Dónde queda la posibilidad de habitar esto otro?. No hay devenir en una separación tan tajante de aquello que soy y aquello debajo mío que es pensado. No hay devenir animal, no hay devenir loco, no hay devenir mujer, devenir árbol, toda posibilidad es eliminada, todo flujo estancado. Queda el sujeto de la razón con su mundo pensable para dar pie al hombre blanco que contempla, ilustra y domina todo lo que carece de raciocinio.
Es entonces que el virus cartesiano no mata, se alimenta de lo vivo y lo torna estático, lo infecta y habita. Se instala en las máquinas deseantes y las convierte en órganos funcionales. En Mil mesetas (2004), Deleuze y Guattari hablan del cogito psicoanalítico para distinguir cómo el paciente se piensa a sí mismo en los términos del psicoanálisis. Un sujeto-paciente reducido en psicoanalizante que tiene un limitado don de enunciación de sí mismo, sólo en el box. Fuera de este, queda eternamente psicoanalizado. Se reinscribe en la línea dominante de enunciación, no le huye, no deviene. El cogito se retoma como superyó, como la figura del padre y el devenir queda fijado a la experiencia edípica.
Pero ¿Por qué en particular el capitalismo tardío es el sumo opresor de flujo? La respuesta pronta sería casi cuantitativa, así como La Cosa (1982) de John Carpenter, el capitalismo tardío se permite mutar en un montón de cárceles posibles para cada instancia, particularmente gracias a sus dispositivos avanzados y desarrollados en función de distintas tecnologías, las cuales está de más aclarar que no son solamente un computador o un tren a vapor. Un psicólogo menciona en su ficha clínica los padeceres del esquizofrénico codificándolos y relacionándolos con otros, desterrando las alucinaciones de la particularidad de esa mente y categorizando con un F20.9, desterritorializando el mundo del esquizofrénico. Pero no solo en ese box se encierra el devenir, en una sala de teatro también se ejecuta, pero de una manera mucho más sutil. Un director que escupe a la cara la narrativa, las acciones y los hechos, sin espacio para un análisis, para la afección, para la duda, más allá que el asentado por sus preimágenes es simplemente un ministro de propaganda con una boina y un megáfono. A su vez, es un pseudo dictador que al encerrar a sus espectadores les da una sola directriz “Percibe lo que te ordeno”.
Así es como tenemos un sistema con entes funcionales a la mutilación, con campos delimitados, con facultades que según organización y normas les permiten realizar estas acciones. El director-analista-dictador postula lo objetivado y esto debe comprarse como el producto de lo verídico.
Aquello mencionado como lo que se encuentra por debajo, nos fuerza a nosotros mismos como pensantes, enunciadores, comerciantes, a estar desdoblados debajo también. El único devenir en esta única línea de desterritorialización, es el devenir-causa de los mismos enunciados dominantes: no hay huida ni movimiento real, sino un mero desplazamiento controlado dentro del régimen cogital. Una simulación de devenir que levanta y sostiene la clausura del sujeto sobre sí mismo. Donde se supone el sujeto piensa lo demás, subordina las cosas a su razón, cae presa de su propia creación de una realidad dominante. “Se ha inventado una nueva forma de esclavitud, ser esclavo de si mismo, o la pura ‘razón’” (Deleuze & Guattari, 2004. p. 134).
Esta lógica de captura no se limita en una aparente interioridad psíquica: dicha interioridad ya es el producto de un régimen sociohistórico. “Siempre se recurre a una realidad dominante que funciona internamente (ya era así en el Antiguo Testamento; o bien en la Reforma, con el comercio y el Capitalismo)” (Deleuze & Guattari, 2004. p 133). El capitalismo requiere que te pienses a ti mismo, que te asumas como sujeto, como unidad de deseo, consumidor, trabajador, una mercancía autoconciente. No inventa el cogito, pero lo expande, lo potencia, lo contamina y lo inyecta en más instancias, más experiencias humanas. No se detiene en la razón ni se limita a la estructura psíquica: compone una sinfonía con cada nota posible, orquesta cada instrumento, y pone toda canción a la venta, al consumo, a la identificación y al deseo. Su singularidad es su extensión, su plasticidad parasitaria, su lógica de mercantilización absoluta. Para ello, como ya fue dicho, necesita capturar: detener el devenir, fijar lo fluido, clasificar lo inasible en repisas. El deseo no es carencia, por el contrario, es una producción; de relaciones, de afectos, de ser.
Todo cuanto se estanque es comercializable. La identidad es comercializable, el deseo de afecto, de pertenencia, de reconocimiento. Dentro de la recodificación hay una ansiedad de validación, de visibilidad, de lucir, una identidad de consumo. Soy lo que consumo y pertenezco donde me veo, donde luzco, donde calzo en categorías prefabricadas, mediatizadas y monetizadas.
Hay deseos que aún no esperan en la línea del mercado. ¿Dónde queda el deseo disruptivo?, ¿Qué pasa con aquel deseo revolucionario nacido del colectivo, un deseo que no puede ponerse fácilmente como mercancía? Notemos el denominado Estallido Social del 2019. Diversas palabras se ocupan para designar o tildar esta fuga, desborde, flujo. No fue el deseo por una ley, una reforma específica, un cambio de gabinete o una baja de precios. Hay un deseo fluido de un cambio indeterminado, por momentos se enfoca, es plural, por momentos se contradice. No fue unívoco, sino rizomático. Sin voceros, sin partidos, sin programas. Grito, protesta, cuerpo, puro flujo.
Corresponde a un deseo inasimilable, inadmisible. Un deseo de cambio mantenía el movimiento hasta ser articulado, canalizado y estancado por la clase política. Aquello proveniente de la calle ahora era materia de las instituciones. La vuelta de los gritos a meras consignas, canaliza el flujo en una propuesta política que asegura mantener el status quo. Es una apropiación de lo virtual, la incapacidad de pensar en la posibilidad y la re-limitación a lo racional material. Lo incategorizable, fue rearticulado por la clase política como la necesidad de un cambio constitucional. Resultó una respuesta tentadora, convincente, que llevaba el caos de la calle a las manos de los dirigentes políticos habituales. Calma las calles al decirle “te tengo, no te preocupes mas, por favor deja de buscar tu devenir y permíteme entregarte aquello que tanto deseas”.
El lenguaje del devenir es traspasado a la oratoria legislativa. El grito colectivo, aquel en el que habitaban mundos distintos, se ve reconfigurado en términos del lenguaje institucional. Todo malestar se comienza a pensar en si es facultad del presidente, si hay quórum parlamentario, en votar los plebiscitos, ¿queremos comités de expertos?. Hay un vuelco a lo técnico, lo jurídico, lo racional, lo gestionable. Así se forma un coágulo, una atmósfera, se construye un miasma: el realismo capitalista. La incapacidad no solo de imaginar como dice Fisher, sino imposibilidad más compleja y profunda, la de desearlo.
Este desplazamiento, esta captura, no es exclusiva. No es de Octubre del 19. La imposición de un lenguaje sobre otro impone una forma de ser, de pensar, de sentir, de relacionarse. Hay colonización en el lenguaje. Ngũgĩ wa Thiong’o, narra y explica esta limitación e imposición en Descolonizar la mente: la política del lenguaje en la literatura africana (2015). Relata cómo el sistema colonial britanico enseña el inglés como lengua obligatoria en los colegios, castigando a todo niño que quisiera volver a su idioma nativo. Esto es parte de una estrategia de desarraigo, un corte en la continuidad de su comunidad, encierra la historia en barreras lingüísticas y captura el deseo en lógicas modernas.
Los niños eran forzados a pensar, escribir y expresarse en un idioma que era ajeno, pero se les presentaba como vía de acceso a la modernidad, conocimiento, movilidad social. Solo quienes adoptaban estas lenguas podían aspirar a ciertos privilegios; tampoco a todos les era permitido. Era una de las formas de segmentar y estratificar la subjetividad desde la infancia, dividiendo cuerpos y mentes, deseo y expresión, pertenencia y exclusión.
Así se produce otro tipo de miasma: una atmósfera colonial que se introduce en la intimidad del pensamiento, del deseo. “Pienso, luego existo” corresponde a un: pienso según los márgenes de lo permitido, luego tengo derecho a existir.
Esa infección inmovilizante y expansora, adherida invasivamente a las bases de las pobres subjetividades nacientes, captura instancias como las del propio arte, produciendo elementos que, aunque no propios de la explotación o las lógicas capitales, terminan barnizadas por estas. De esta manera podríamos pensar: ese famoso séptimo arte nacido a finales del siglo XIX, echado a andar por los Lumière (1895), arraiga una esencia miasmática, un arte que nace en el estancamiento cartesiano, para servir al status quo. Eso pensaríamos si jamás hubiésemos visto una vanguardia artística en nuestra miserable vida. La inexistencia de los Eisenstein, Lang, Godard, o hasta el propio Lynch, su supresión de esta cartografía, implicaría un desarrollo de sucesos que sin duda asentarían el mundo del cine como algo más propagandístico que expresivo. Sentiríamos la consolidación de lo panfletario por sobre la ventana que quiso mostrarnos Hitchcock en 1954. Pero para la desgracia de aquellos que solo buscan objetivar, las posibilidades mostradas por los genios anteriormente mencionados nos hacen cuestionarnos ¿De qué formas puede trabajar el cine? ¿Cómo nos relacionamos con él y que obtenemos-obtiene de ese encuentro?
El cine puede ser visto como otro dispositivo capturado y que a su vez captura al reproducir, con el mismo idioma, la misma lengua cogital, aquellas escenas, montajes, imágenes, que más que entablar relación, buscan expresar por sí mismo. Un cine de fábula con una enseñanza, una secuencia y una interpretación predeterminada, estancada en la misma pantalla. Ese cine miasmático que impone un lenguaje sobre otro impone una forma de ser, una manera de expresión, una realidad pestilente prefabricada que cual pulsión mortuoria inmoviliza al espectador, quitándole agencia en la ejecución de un supuesto obsequio totalmente fabricado y construido para estancar sus devenires en el asiento de la sala dónde presencian las explosiones de siempre, con el héroe de siempre y la enseñanza que todo sistema busca insertar en la psique de sus espectadores. Un cine así es el cine del realismo capitalista (Fisher, 2016). Un cine de esencia y no de escencia, a diferencia del que deviene en relación a sus rizomas.
Secuencia de acciones con un montón de movimiento, panorámicas de pantallas verdes extraordinarias, personajes-función afectados (utilitaria y no realmente), ese cóctel es el que compone los bloques de imagen-movimiento de películas como Avengers (2012), dónde, se da todo tipo de imagen deleuziana (2009), aunque con un pequeño detalle, la subordinación total de esa proyección a la pesada y característica insignia del cine del realismo capitalista, la imagen-acción. Una máquina deseante compuesta de las tuercas de imagen-afecto y/o imagen-percepción, movilizadas por el motor principal, la imagen-acción, todas ellas obedientes al deseo sistémico de la narrativa, la búsqueda de entregar un mensaje claro, explícito o incluso vacío, pero que se atornille dentro de las subjetividades de aquellos encerrados en los recintos dónde se es transmitida esta realidad extraordinaria e intoxicada. El afecto es recurso. La percepción, escenografía. El deseo, ambición. En sí “No es un problema ideológico, de desconocimiento y de ilusión, es un problema de deseo y el deseo forma parte de la infraestructura” (Deleuze & Guattari, 2023. p 110).
Ahora bien, a partir de los postulados de corte deleuziano ¿Qué podría ser un cine esquizo? Veamos cómo opera un protagonista: sujeto-flujo-afección. Un CsO que afronta sus devenires, sus movimientos.
Referencias
Asociación Americana de Psiquiatría. (2014). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5.ª ed.). Editorial Médica Panamericana.
Carpenter, J (1982). The Thing [Película]. The Turman-Foster Company
Deleuze, G. (2009). Cine 1: Bergson y las imágenes (1.ª ed.). Buenos Aires: Editorial Cactus.
Deleuze, G. & Guattari, F. (2004). Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos.
Deleuze, G. & Guattari, F. (2023). El Anti Edipo: capitalismo y esquizofrenia. Paidós
Descartes, R. (2003). Discurso del método. Alianza Editorial. (Original publicado en 1637).
El Bosco. (1505). Jardín de las Delicias [Óleo sobre tabla].
Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?. Caja Negra.
Fujita Jun, H. (2020) Cine-Capital: Cómo las imágenes devienen revolucionarias. Tinta Limón.
Guattari, F. (1996). Las tres ecologías. Pre-textos
Lumière, A., & Lumière, L. (1895). La salida de los obreros de la fábrica Lumière [Película]. Sociètè Lumière.
Hitchcock, A. (1954). La Ventana Indiscreta [Película]. Patron Inc
Lang, F. (1927). Metrópolis [Película]. UFA
Ngũgĩ wa Thiong’o (2015). Descolonizar la mente: La política lingüística de la literatura africana. Penguin Random House Grupo Editorial
Wheldon, J. (2012). Avengers: los vengadores [Película]. Marvel Studios
Żuławski, A. (1988). On the Silver Globe [Película]. Przedsiębiorstwo Dystrybucji Filmów
